Adictos a la comida

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Por Lluís Ruiz Soler Hace un par de décadas, la comunidad científica abandonó la idea de que la obesidad la provocaba un problema de conducta relacionado con la falta de autocontrol y se centró en una hormona llamada “leptina”. Investigaciones recientes apuntan a la dependencia que generan el azúcar y las grasas. En los últimos 20 años, la principal línea de investigación científica sobre la obesidad la ha considerado un trastorno eminentemente endocrino. El punto de partida era una hormona llamada “leptina”, segregada por las células adiposas, que le transmite al cerebro la sensación de saciedad. Cualquier deficiencia en la transmisión de esa señal —en la secreción de la leptina o en su recepción por los órganos correspondientes del cerebro— hace que quienes la padecen genéticamente no se sientan saciados y coman más de lo que necesitan. Así pues, se trataría de controlar ese mecanismo, que recuerda inevitablemente al de la diabetes y la insulina. Pero el número de afectados por esos trastornos está lejos de la magnitud que ha alcanzado el problema de la obesidad: una auténtica epidemia.

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Un número especial de la revista Investigación y Ciencia sobre alimentación, publicado en noviembre pasado, habla de un experimento sobre la adicción a la comida —particularmente, al azúcar y a las grasas— como un factor determinante. Se basaba en varios grupos de ratas de laboratorio con abundante comida a su alcance: caramelos, queso, grano, salchichas… Cuando estaban en pleno festín, se les aplicaba un impacto desagradable en las patas. Entonces, las que comían cereales o proteínas salían corriendo, pero las que se estaban hartando de azúcar o grasa continuaban haciéndolo. Y eso que se les advertía de la inminencia del impacto con una luz cuyo significado habían aprendido a interpretar. Al igual que uno similar con cocaína, el experimento llegaba a una conclusión relacionada con la conducta adictiva de quien consume determinadas substancias pese a ser consciente de que le perjudican. Las sensaciones de placer y recompensa que desencadenan en el cerebro son más potentes que las de saciedad producidas por la leptina. Se está lejos de aplicar a la obesidad los tratamientos que se siguen contra las adicciones y el problema sigue siendo enormemente complejo. Investigación y Ciencia denuncia así mismo la inexactitud de los cálculos sobre las calorías que aportan los alimentos. Entre otras cosas, no tienen en cuenta la energía que consume el aparato digestivo para procesarlos. Por ejemplo, se considera que 100 gramos de zanahoria aportan siempre 37 calorías, pero al organismo le cuesta más digerirla a trozos que rallada y cruda nos hace quemar, en la digestión, más energía que cocida. Esas calorías habría que restarlas del aporte final. El cómputo se complica hasta el infinito por este y otros muchos factores, incluidas las aptitudes de cada cual para la digestión: depende de un abigarrado universo de microorganismos que varía substancialmente de un individuo a otro. Imágenes: Investigación y 

Fuente: Gastronostrum

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